lunes, 17 de noviembre de 2008

INUNDACIÓN

"Los amantes" - René Magritte


Ella es una flor agria que no me atrevo a tocar por miedo a quedarme con su olor esparcido por toda la piel.

Él, como un sapito, me mira con sus ojos brillantes como un amanecer en Tánger, como un atardecer visto desde el techo de su casa.

Las gotas de lluvia golpeaban el tejado, rebotaban en las cornisas, resbalaban como lágrimas por los vidrios. Una gota de café jugueteaba en la barba de él; una gota de cera se desprendía de la vela; una gota de sudor recorría la espalda de alguno de los dos -tal vez de ambos-.

El fuego se extendió por todo el cuarto calentando los pies congelados de ella, derritiendo la existencia de él, inundando la noche de deseo. La luna menguante se asomó por la ventana y justo allí el universo se detuvo por un instante eterno para que ellos dos pudieran amarse.

Mis dedos se enredan en cada recoveco de su cuerpo, esculcan entre sus costillas, cuentan una a una todas sus vértebras, se esconden entre sus axilas, hasta que él se desliza por mi piel y se abraza a mi cintura.

Después de contemplar su sonrisa le doy un mordisco en el borde de su pelvis, me recuesto lentamente apoyando la cabeza sobre su vientre y a través del ojo de su ombligo veo la semilla que he plantado en ella.

No sabía si era el vaivén de su propia respiración o el movimiento cadencioso de la hamaca que bailaba al ritmo de un bolero lo que hizo que el sueño se posara sobre sus párpados que parecían de papel. A lo mejor era ese sorbo de licor que había bebido del centro de sus caderas y que se había quedado prendido a su bigote y su barba que ahora, sin darse cuenta, se relamía como un gato adormecido.

Ella lo envolvía con sus piernas haciéndolo sumergirse en lo más profundo de su existencia y ella misma se sumergía también en el plácido sueño, abrigada por la brasa que se mantenía viva en la piel de su amante.

Siempre me quedo…

La calle se despertó con los ladridos de un caminante tembloroso de cuyo pelaje aún escurrían gotas de color charquito. El sol se asomó -primero tímidamente, luego en todo su esplendor-, dibujando las sombras de los transeúntes y pintando el asfalto de tonos naranjas y amarillos. Ella se vistió, andando de un lado a otro, siguiendo el rastro de las prendas esparcidas por el suelo. Él le dio un beso; con la sonrisa camuflada bajo la barba, se quedó en el portal mirándola mientras caminaba abriéndose paso entre la gente y no cerró la puerta sino hasta cuando la sombra de aquella mujer se desvaneció para correr tras los pasos apresurados de su dueña.

La espero así nunca vuelva…

Algunas veces aparece el sol radiante. Otras, las nubes grises también se dejan ver y con cada gota nace un pedacito de pasado en la memoria.

Un día pasado por agua, él sintió su aroma de flor agria. La vio andar en medio de la gente, lidiando con su vieja sombrilla negra que parecía bailar con el viento y se quedó mirándola sin que ella se diera cuenta. Se sintió observada; sólo supo que era él cuando su teléfono vibró y en la pantalla apareció el texto: “La lluvia y tu recuerdo mojaron mi alma”. Entonces levantó la vista y se estrelló con los ojos de sapito del hombre que amaba.

La lluvia no cesó pero un rayo de sol inventó un enorme arco-iris que como una sonrisa se extendió por toda la plaza, coloreando los besos que se posaron en las bocas de este par de amantes.

7 comentarios:

Joan Solar Sagrav. dijo...

Es un texto que atrae, me gusto ... lo único que no entendí, fue - como un amanecer en Tanger - si me puede explicar que significa

Gracias

ele antonio dijo...

Magnífico cuento de imágenes cálidas. Visual, totalmente visual, como te corresponde. Muy sensitivo. Me gusta lo de "los ojos de sapito", lo de las "gotas de color charquito"... y no es por lo del diminutivo. Pero es que, imagínese si no, unos "ojos de sapo" (terrible) y unas "gotas de color Charco" (más terrible). Bueno, no sé cual es el color "charquito" pero vale. Me pierdo en ocasiones como esta: "cuando la sombra de aquella mujer se desvaneció para correr tras los pasos apresurados de su dueña"(??). "aquella mujer", aleja la intimidad y la sombra,ahí va siempre, detrás, o adelante de uno, o...,depende hacia donde caminemos, pero siempre con uno. Bien, poco me gusta que los hombres tengamos "recovecos", bueno, eso es pura cuestión de gustos, pero yo cambiaría esa palabra. Tu no... No la cambies (si no quieres). Otra cosa, la maniobra del beso en el "borde de su pelvis" (¿dónde queda eso?)me parece un malabarismo extremo, estando como estaban, frente con frente o peor si hasta ahora iba por ahí por los lados de la cintura. Todos esos son detallitos de tener en cuenta. Pero la narración está de veras hermosa, María Alejandra.

Mónica Montaña Soto dijo...

Este texto tiene música y en su conjunto atrae, pero, creo que en la búsqueda del esplendor de la descripción, el texto se inunda de adjetivos, que con el paso de los renglones, cansan. Incluso algunos diminutivos (algunos podrían reemplazarse por aquello del segundo sentido) que aún conociendo el trasfondo no parecen ser indispensables. Sin embargo, posee una musicalidad muy propia, no alcanza a ser poesía puesto que tiene imágenes muy débiles y otras demasiado comunes, pero tiene una intensión, quizá inconsciente, de serlo. Por sobre ello, hay algunas muy bien escritas y logradas, que son las que le otorgan el ritmo. Buen texto. Un saludo.

Jorge Iriarte dijo...

Alejandra, me parece un relato de sentidos, de la piel, con escenas y descripciones muy bien logradas. Contrario a mi docto amigo Luis Antonio, la caracterización del caballero de barba como un sapito me es muy difícil de visualizar. Ahora bien, el mordisco en la pelvis fue una de las escenas que me pareció ubicada en el momento oportuno del relato y acertada.
Me tomé la libertad de sugerir en tu texto algunos detalles para salir de los lugares comunes que menciona Mónica. Te los hago llegar por correo por si les ves valor.
A propósito, encontré en Google una foto del amanecer en Tánger y hay que verla para entender la importancia de una mirada de esas. Saludos

María Paula Falla dijo...

Hola Alejandra.

Ya antes había hecho un cortísimo comentario sobre tú cuento. Sin cambiar de opinión sobre lo que genera en mí la lectura de este quiero ser un poco más precisa al respecto . Dije que era un texto "conmovedor" porque al terminar de leerlo tuve la sensación ( más que una razón ) de estar sumergida en un espacio sin medidas o colores o tamaños definidos sino evocados por sugerencias hechas en las metáforas que evocas. Sentí un texto poderosamente sensorial. Por lo demás, encuentro detalles que me pierden un poco en la voz del narrador: en el primer párrafo habla él sobre ella, en el segundo habla ella sobre él , en el quinto habla un narrador en primera persona... y eso interrumpe la comprensión y lectura fluída del texto… tuve que leerlo un par de veces más para ubicar las voces…

En cuanto a la imagen que acompaña el texto… me parece que en el caso de los amantes descritos en el cuento pasa todo lo contrario a lo que sucede en la imagen de Magritte . Un saludo.

Andrés Badillo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Editor Web dijo...

Una historia de amor bastante llena de imágenes, sobre todo de cosas que se escurren. Dos anotaciones: Primero, se pasa de presente a pasado entre un párrafo y otro, no estoy seguro si con un propósito en especial. Segundo, en ciertas partes se siente un único narrador y en otras partes dos. A ratos no logré diferenciarlos (si hay más de uno).

Un gran saludo!